
A mí me encantaban. Era una forma divertida de conocer un poco más de tus compañeros de escuela. Las preguntas en general eran las mismas: ¿qué signo eres?, ¿cuál es tu platillo favorito? , ¿qué quieres ser de grande? , ¿cuál es tu música favorita?, ¿qué programas de tele ves?, y la típica ¿quiénes son tus mejores amigos? a la que hipócrita e inevitablemente había que contestar con el nombre del dueño/a del chismógrafo.
Entre más chismógrafos te dieran a llenar, era mejor. Te los llevabas a tu casa y, con toda tranquilidad, los llenabas y curioseabas las respuestas de tus compañeros. Había unos que eran bien chistosos y jamás contestaban en serio; otras respuestas revelaban de inmediato al dueño, pues eran igual de simpáticas, sangronas o fresas que ellos.
Yo en segundo de secundaria hice un chismógrafo que contestó casi todo el salón. Me encantaba leerlo y morirme de la risa. Lo conservé varios años. Sin embargo, en una de esas movidas que no te explicas, acabó en la basura. Aún me arrepiento.